God knows que detesto ir a arreglarme el cabello. Aún cuando trabajaba en el hotel y andaba en suits de negocios iba al “beauty” dos veces al año: Navidades y Madres (que de todas formas tenía que trabajarlos). Este pasado 24 de diciembre, por aquello de hacerme un cambio radical llamé a mi estilista personal (y estilista de 3,000 mujeres más en Caguas) para ir el 24 a arreglarme el cabello, por suerte tenía una clienta que le había cancelado el espacio de las 8 de la mañana, así que no me quedó de otra que madrugar. Cuando llegué al salón ya habían dos clientas con químicos en el pelo, calculé de mala gana que yo saldría de ahí a las 2 de la tarde (sh*&^*!). El que me conoce bien, sabe que para mi esto es una tortura, ir a un “beauty” y estar allí por par de horas es terrible para mi gusto, como si me mataran a químico lento, me halaran el pelo con una peinilla de alambre de púas y me secaran el pelo con una antorcha. En pocas palabras en un SUPLICIO.

A unos 15 minutos de estar allí y decirle a Yoly lo que quería me llevé, junto a las otras clientes un horrible regaño. “Hoy no es día de químicos, solo blower”; lo que nos quiso decir Yoly es que entre químico y químico nos tomaríamos mucho tiempo y las otras clientes tendrían que esperar (las que ya tenían cita previa). Mortificada por el regaño me reía a carcajadas cuando Yoly tuvo que sentarse en la silla donde tortura a las demás mujeres, para que Yari, su asistente también le aplicara a ella su químico. Yoly no había tenido tiempo de hacerlo con anterioridad a ese día. Así que afilé la punta de la lengua, me recosté de la silla, crucé las piernas y con tono jaquetón le dije: “a predicar la moral en pantys a otro lado”. Casi caigo de bruces esquivando el cepillo volador que Yoly con tanta finura me lanzó provocando que mis reflejos se activaran. Pero no tuve tanta suerte con el pote de shampoo que me alcanzó en la rodilla. Uff!

A 40 minutos de haber comenzado mi tortura, el salón ya contaba con 3 clientas con químicos, 2 esperando en la sala y cuatro empleados hambrientos. Y mientras hojeaba una revista, comenzaron a desfilar donitas, quesitos, pastelillos de guayaba y barquillas rellenas de carne molida. Aún no eran las 10 de la mañana, cuando una de las clientas comenzó a servirnos refresquitos en una barra improvisada en el baño (ay! Dios mío si nos coje Salud!), y entre chistes, carcajadas y los piscolabis transcurría el tiempo para mi menos doloroso. El esposo de una de las clientas, en su tercera ocasión de entrar al salón para verificar si su mujer ya se la habían cambiado por una de 10 años menos, trajo en sus manos una botellita curiosa que le entregó a la dueña del local. En su salida tropezó con la clienta hecha mesera/bartender y se excusó con ella con un “lo siento mucho señorita” , la doñita (de unos 50 y pico de años pero con sonrisa de 20) no perdió tiempo en ripostarle al susodicho: “a estas alturas, ¿señorita yo?, nene creéme que a estas alturas eso sería una pérdida de tiempo!” y las carcajadas no se hicieron esperar, es más, todos tuvieron que literalmente dejar de hacer todo cuanto estaban haciendo para sentarse a reir hasta quedarse sin respiración. “Que falta de respeto!”, replicó.

La botellita pipona se veía de color oscuro. Haciéndome la loca le pregunté a Yoly que era eso y me contestó, mostrándome el colmillo, que eso era lágrimas del monte. Y algo me hizo “ring” en la cabeza, pero no recordaba que era. Había escuchado el término recientemente pero no lograba ubicar dónde. De la otra esquina del salón salió Yari gritando: “eso es Pitorro!” Ok, piscolabis y Pitorro, definitivamente tendré que visitar el “beauty” más a menudo. Ahora no se crean que yo no lo he probado anteriormente, no sean incultos, no conocer Pitorro es como ser Puertorro y no saber donde está el Morro (todavía me falta aprender salsa, lo sé!). No es de mis bebidas predilectas, eso sí, y mucho menos a las 10 de la mañana, pero tampoco puedo dejar de aceptar la oferta de darle una probadita, ¿pues cómo no? si estamos en Navidades!

El Pitorro es el “moonshine rum” de Puerto Rico. Se produce destilando azúcar de caña (¿o caña de azúcar?) y el producto que resulta es un líquido cristalino con un alto contenido de alcohol. Mucho más alto de lo permitido por ley. El Pitorro es curado añadiéndole frutas como coco, piña, ciruelas y rodajas de china dejándolo que se añeje por varios meses. Algunas personas lo entierran como parte del proceso de curado. El que reposaba en un vasito de plástico en mis manos contenía piña. Su sabor es fuerte, su olor es penetrante y su aftertaste es a quema ropa. Lo que baja por la garganta es un cocktail puro de alcohol y frutas fermentadas que cuando llega al estómago hace que se le aguen los ojos hasta el más macho; se les forma una lagrimita en el lagrimal derecho que corre por las pestañas inferiores hasta depositarse en la esquina del ojo, ya estas alturas estrujao y casi ciego cuando se cierra para dar paso al alcohol.

Así que la próxima vez que vaya a hacerme el pelo a lo mejor no me dolerá tanto. Después de la hartera de piscolabis y el shot de Pitorro cualquier color de pelo que me hayan dado, lejos del que originalmente había solicitado me parecerá bueno. Los dejos hasta la próxima que después de ver un anuncio bien llamativo tengo intenciones de probar un Tanqueray con tónica. Luego les cuento.

About Jess!

Consultora de Operaciones de Alimentos y Bebidas. Catadora común y corriente de los placeres de la carne y los espíritus destilados y fermentados.Expertise en Servicio al Cliente...

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